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¿Por qué a mí?: El caso de José
Ángel:Sesión 10
“Llegué al colegio, eran las ocho de la mañana. Como
todos los días, al entrar en clase, Antonio me cogió la mochila, la abrió, sacó
los libros y los tiró por el suelo.
Toda la clase reía y sólo mi grupo de amigos (tres que
tengo) se quedaba perplejo por lo que siempre me ocurría. No se atrevían a
ayudarme, un día lo intentaron y fueron saqueadas sus mochilas. Después de
esto, mi papel era siempre recoger los libros y callarme. Este día fue
distinto, ya no podía más, no sabía que pudieran llegar a este extremo. Como de
costumbre me abrieron mi mochila, pero esta vez mis libros acabaron en el
water; después empezaron a pegarme, hasta el punto de que tuve que ir al
hospital lleno de moratones. En esos momentos, por mi mente sólo pasaba una
pregunta ¿porqué a mí?”.
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Texto para la tarea individual: “El Ocaso de Alba”:Sesión 11
Alba era una chica divertida y encantadora, a todo el
mundo le agradaba, pero todos se dirigían hacia ella con una actitud diferente,
simplemente por ser Alba Perla. Ella aceptaba todo, nunca se enfadaba. Siempre
sonreía con esos ojillos que desprendían gratitud. Sin embargo, para todas las
alumnas de séptimo era nuestro chivo expiatorio, nuestra víctima perfecta. A
veces, incluso parecía feliz mientras soportaba nuestras pesadas bromas a
cambio de pertenecer a nuestra pandilla.
En ningún momento nos habíamos puesto de acuerdo para
tratarla así, ni siquiera habíamos hablado sobre su ropa hortera, ni sobre su
mal gusto para arreglarse el pelo.
Pero un día, una de nosotras comenzó: “¿Os habéis fijado
en su falda morada?, ¿os han contado las guarradas que hace con ese chico?...”
Las demás continuamos desahogándonos y contando todo lo que, sin duda, siempre
habíamos pensado. Ahí no quedó la cosa. Nuestra relación con Alba terminó un
treinta de marzo, cuando los chicos de octavo nos invitaron a una fiesta que
organizaban para el viaje de fin de curso.
Alba estaba entusiasmada; era la primera vez que su madre
la dejaba ir a una fiesta.
Entonces pasó algo terrible: no recuerdo quién fue, pero,
varios días antes de la fiesta, alguien dijo: “Alba no puede venir con
nosotras; con las pintas que lleva, no ligaremos. Tenemos que deshacernos de
ella”. ¿Cómo se lo diríamos?. No sé por qué, pero, como siempre, me tocó
comunicárselo.
Durante un cambio de clase, estábamos discutiendo sobre
el vestido que nos íbamos a poner y de repente, ¡oh, no!, Alba se acercaba.
Todas me dijeron: “Ahora, chica, es tu turno”. No sabía cómo hacerlo, ella
venía hacia nosotras sonriendo y yo la miraba seria, pero no se daba por
aludida, “¿por qué me lo pone tan difícil?” –pensé–, llegó hasta mí y me
preguntó “¿hay algún problema?”. Me quedé en silencio, mientras las demás
seguían hablando, aunque, en realidad, estaban pendientes de lo que yo iba a
decir, y, sin saber cómo, dije: “Lo siento Alba, no puedes venir a la fiesta”.
Ella me miró fijamente y, en un segundo, sus ojos se empañaron y brillaron como
diamantes; las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas blancas. ¡Qué
horror! todavía la estoy viendo. Se volvió sin decir nada, sin pedir
explicaciones. Fue la última vez que la vi, nunca más volvió al colegio.
Ahora, treinta años después, sigo pensando en ella, y me
encantaría no haber hecho lo que hice, pero ya no tiene remedio. Sólo sé que
nunca más he tratado a nadie de esa manera; que en cada persona marginada veía
su cara e intentaba remediar lo sucedido. Quisiera poder encontrarla,
explicarle lo mal que aún me siento y pedirle disculpas. Pero, como supongo que
eso no será posible, me contentaré con terminar con unas líneas dedicadas a
Alba:
Alba, quiero que sepas que nunca he sido una santa. A lo
largo de mi vida he cometido muchos errores, pero estoy segura de que no he
vuelto a traicionar conscientemente a nadie como te lo hice a ti, y espero no
volver a hacerlo.